"La herida es el lugar por donde entra la luz." — Rumi
Una pequeña reflexión: Es una de las enseñanzas más célebres del sufismo, y no por eso menos profunda. Tendemos a esconder nuestras grietas, nuestros dolores o aquello que consideramos "roto" en nosotros. Sin embargo, esta filosofía nos invita a ver que son precisamente esos momentos de quiebre los que abren espacio en el ego para que entre la sabiduría, la compasión y la verdadera iluminación. No huyas de lo que te duele; observa qué te está intentando enseñar.
En la terapia cráneo-sacral se trabaja precisamente con esa premisa: el cuerpo no es algo "roto" que hay que arreglar a la fuerza, sino un mapa de experiencias. Esas tensiones, restricciones o "heridas" físicas y emocionales que quedan grabadas en el tejido conectivo y en el ritmo cráneo-sacral son, al mismo tiempo, la puerta de entrada para la autocuración.
Cuando el terapeuta sostiene el espacio con una escucha neutra y compasiva, esa "herida" empieza a liberar su energía y permite que emerja la salud subyacente (lo que en tu disciplina llaman el Aliento de Vida). Es, literalmente, dejar que entre la luz a través de la grieta.
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